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¿Debería?

¿Debería?

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Después de varios minutos (a veces, varias horas) tomando una decisión que puede ser relativamente cotidiana, pasa algo, cualquier cosa, y entonces empezamos: deberíamos haber hecho esto otro, tendría que haberme puesto la segunda opción, debería haber tomado el otro camino…

Sin embargo no existe ninguna prueba de realidad que nos asegure que de haber hecho eso que creemos que hubiera sido correcto, tendríamos ahora los resultados esperados. Es más, es posible que incluso en el caso de que obtuviéramos los resultados deseados, apareciera algo que nos hiciera pensar que la otra opción finalmente hubiera sido más correcta.

 

Aquí se ponen en marcha dos mecanismos, por un lado, las expectativas.

Las expectativas, son definidas por la RAE como: Esperanza de realizar o conseguir algo y/o posibilidad razonable de que algo suceda. En nuestro día a día, una expectativa suele ser un ideal que creamos en nuestra cabeza y que por poco que se diferencie de la realidad posterior nos termina generando malestar.

Cuando nuestras expectativas son negativas este malestar suele estar presente desde que aparece la creencia de que el resultado no será como yo espero, y durante el lapso de tiempo que transcurre desde que la expectativa aparece hasta que tiene lugar el acontecimiento, nos dedicamos a rumiar (darle vueltas a la misma idea de manera repetitiva) un discurso negativo sobre lo que nos encontraremos. Luego, cuando la realidad derriba nuestra expectativa y el resultado es mejor de lo esperado, ha sido tanta la ansiedad o tristeza en relación al hecho que ahora está teniendo lugar de manera positiva que no lo disfrutamos lo suficiente o nos boicoteamos el bienestar “por lo que pueda pasar”.

En otras ocasiones, nuestras expectativas son positivas y estamos tan ilusionados y convencidos de que tiene que ser así, que cuando llega el momento y no ocurre como lo deseábamos, puede aparecer malestar, tristeza, ansiedad y/o enfados intensos.

El principal problema no está en tener la expectativa en sí, sino en el hecho de creer que tendrá que ser así y si no es como yo la quiero, será horrorosa. Esto nos lleva a la creencia (irracional) de que o las cosas salen exactamente como yo quiero o soy un desastre.

Desde la psicoterapia intentamos a menudo modificar estas creencias, trabajando la forma en la que generamos nuestras expectativas y como formulamos el discurso interno sobre lo que va a pasar.

Cuando cambio la forma de hablarme y modifico estos pensamientos, cambia automáticamente la forma en la que me siento en relación a ellos, comprender que a pesar de que yo quiera que algo salga de una determinada manera y ponga todos mis esfuerzos en ello, existe la posibilidad de que no resulte como lo imaginé y aceptarlo, nos hace incluso tomarnos el camino de una forma mucho más amigable, disfrutar más e incrementa mi capacidad de hacer frente a los imprevistos y a las sorpresas de una forma más positiva y funcional.

 

Por otra parte, Además de las expectativas, que son las responsables del posible malestar antes y durante el “hecho” en sí, hay una segunda cuestión que suele generar malestar después. Se trata de la tendencia constante de volver al pasado y repetirme una y otra vez que haberlo hecho diferente hubiera sido mejor.

Este tipo de pensamientos no nos hacen ningún bien porque además suelen atentar directamente contra nuestra autoestima, cuando nos repetimos y castigamos por habernos vuelto a equivocar.

En esos momentos es fundamental: parar y respirar, darnos cuenta que estamos en el presente y que podemos estar dejando escapar detalles del momento por enroscarnos en el pasado, en un pasado que ahora no vamos a poder cambiar por más que lo repitamos en nuestro pensamiento.

 

De nuevo, la aceptación vuelve a ser nuestra aliada en estos casos, aceptar que la realidad es lo que está pasando en ese momento presente, esto me ayudará a permitirme ver si puedo hacer algo para conseguir mis objetivos. En caso afirmativo me llenará de energía para hacerlo y en  caso negativo, me dará la calma necesaria para mantenerme en la situación e incluso poder disfrutarla.

 

Los pensamientos no paran, están siempre ahí y está en nuestra mano prestarles atención o dejarlos pasar, engancharme a ellos o engancharme al presente… nosotros elegimos.

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